sábado, 9 de enero de 2016

17

Yo ya no sé quién soy desde que me habitas. Como aquellas casas que invade la selva, las puertas reventadas por tus troncos hambrientos y tus animales feroces haciéndose ovillos en mis esquinas. Me estás colonizando y yo te dejo pasar con los cerrojos abiertos, como vírgenes a punto de sacrificio. Mis cajones deshechos a tus pies para que puedas hacer la hoguera que nos caliente. Tu civilización entra a caballo en mis caminos. Aún no he adaptado las pupilas a tu brillo y solo veo reflejos de felicidad, tu luz entrando como pértiga en mi penumbra.


Siento lo mismo que la tierra cuando la siembran, cuando el cauce calma la sed y vuelve a conocer a sus peces. Así te recibo yo en los días de mañanas largas y camas eternas. Así nos frotamos la vida contra la frente, contra el pecho, quitándonos toda la sal que nos dejó el mar de la tristeza. 


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