martes, 5 de enero de 2016

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En tu pecho se ahogan fuelles cuando te hundes en el color azul de la noche. Pantera cercana con lengua diagonal de relámpagos.
Hay una televisión HD que tiene pesadillas con tus pupilas de millones de pianos cuadrados que hace cantar al viento. En ti se calla por fin la muerte y se aleja. Pies cruzados para decirme dónde dormiré en la noche central de mi médula cansada.

Todo esto es por tu lluvia, y todo aquello es por tu sequía. Domadora de circo que de niña pintaste las rayas del tigre y le dijiste juguemos. Tienes el escalofrío de la marea curioseando en la playa atado en la piel, y ese sonido no se te va, por mucho que uses desodorante de vida normal.

Si las piedras están huecas en el fondo es por tu río de miradas que rozan y rozan y rozan los días comunes y los dejan suaves como piedras de río o asa de cubo. Tener un gato que nos mire a los ojos y sea la metáfora de nuestro calor, la interrogación de nuestros días silábicos.

Esos árboles secos que ves por la calle dicen que ya llegó el invierno. De vez en cuando hacen falta estas señales para indicarnos lo que pasa en el mundo de fuera, lo que queda una hora más lejos que nuestro mundo.


En tu isla hay grutas submarinas que llevan tu nombre y donde gotea el sudor del chico que fui antes de conocerte. Que la civilización no te colonice y que te vuelva nómada en las praderas de mi pecho que yo plancharé para ti y donde quitaré culebras y cardos. En esa línea recta que nos sale de la bisectriz de tus ganas y mis ganas, de este tirachinas que somos con los ojos pegados y sin embargo diferentes como un papagayo y un pez de colores. 

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