viernes, 29 de diciembre de 2017

10 libros para cazar al vuelo

sí, sí, sí, que no me da tiempo. Uf, qué agobio de luces y felicidades ¡PERO! que haya vuelto el frío nos hace quedarnos en casa bajo la premisa de no morir de frío. Y si esta es tu voluntad, pequeño friki lector, aquí te dejo algunas recomendaciones (que no tienen por qué haber sido publicados en el año 2017) para recuperarte de la(s) resaca(s) a buen recaudo:

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1. Olalla Castro, <<Entre-lugares de la Modernidad. Filosofía, literatura y Terceros Espacios>>, publicado por Siglo XXI, 2017.





Y sí, me diréis, tiene un título larguito. Y sí, os diré, es un ensayo. Y si lo pongo aquí, en el noble espacio en blanco del blog de la GallaCiencia es porque creo que es el libro que más pegado al cerebro se me ha quedado en este año. Un boom en toda la cara a los posmodernitos insulsos sin chicha filosófica, porque no toda la literatura iba a ser la publicada por las editoriales chicle de usar y tirar (Frida, Brisa ediciones, etc.). Olalla se cuestiona si es posible recuperar las ruinas de las grandes epopeyas modernas (comunismo, ilustración) y, más allá, si es viable después de haber visto en qué cristalizaban dichas propuestas (Stalines y tal). Pero lo mejor de este libro es que pone el suelo para que otro pensar sea posible, que esta amalgama posmoderna (llámese mercado bajo piel deloquesea) llegue de una vez por todas a su fin.

-Publiqué una reseña en Ocultalit.com, por si quieres darte un paseo. Aquí


2.Bárbara Butragueño, «Casa útero», Calambur, 2016. 




Este libro fue recibido con ansia, con sed. Bárbara llevaba muchos años sin publicar (3 en concreto, desde Incendiario), pero la sensación (térmica, si se quiere) dejaba caer que era mucho más. Descarnado, surrealista, imágenes con su espacio para llegar a construir metáforas. Libraco. 


3. Andrea Mazas y Antonio de Pinto, «Mi columna vertebral», Baile del Sol, 2017. 




Libro + disco de Andrea y Antonio que celebran la vida, joder. Hacía tiempo que no me contagiaba de tanto buen rollo cercano, hogareño. Qué difícil es hacer esta poesía, esta música, pero qué necesaria. Muy buena combinación para echarse un buen rato leyendo al lado de la lumbre/escuchar en el coche (que es el único sitio donde, por desgracia, se siguen escuchando los cedés). 


4. Emilio Gancedo, «Palabras mayores, un viaje por la memoria rural», Pepitas de calabaza, 2017 (3a edición). 




Lo que hace la editorial logroñesa Pepitas de calabaza es para levantarse el cráneo. Además de su corriente más puramente ácrata (de la cual también soy seguidor), que den espacio a libros como este, de Emilio Gancedo, merece que les vaya tan bien como seguro les va. En este libro se pone la vista en aquellos territorios que vemos en menos de un par de segundos cuando vamos en coche de ciudad a ciudad, o a tamaño hormiga desde nuestros vuelos baratos. Hay un espacio en el mapa abandonado con personas, con historias, con recuerdos. En «Palabras mayores» os llevan de viaje. 


5. Daniel Pennac, Las novelas del señor Malaussene: La «felicidad de los ogros», «El hada carabina», «la pequeña vendedora de prosa», «el señor Malausséne», «Los frutos de la pasión», «Moros y cristianos»), publicados por Mondadori, 1989-2013. 




Volví a Daniel Pennac a echarme unas risas, a asomarme a la habitación de la novela e intentar reproducir sus mecanismos (sí, ando en esas ahora, intentar escribir una novela), y me enganché (me volví a enganchar). Daniel Pennac engatusa con su ecosistema ecléctico, divertido, muy francés y misterioso. Os recomiendo, obvio, que echéis un ojo a su primera entrega y ya de ahí me contáis qué tal va el contagio. 


6. Laura Rodríguez Sayd, «Ama de casa», editado por Ediciones en huida, 2017. 





en este primer libro de Laura podemos ver intensos meandros emocionales que suponen la vida de una ama de casa pero ¡ey!, cuidado, pese a ser un poemario «casero», la poesía de Laura sube la voz para que vaya mucho más allá de la casa cárcel que la sociedad predispone a la mujer-madre. ¡Ah!, y que no se me olvide, la poesía de Sayd encaja muy bien con la crudeza e intensidad del rojo y negro de las ilustraciones de Estefanía García Valencia. 


7. Revista de poesía OcultaLit en papel, primer número, 2017. 


Siempre da bastante subidón ver a otros locos de la poesía allende tu casa, tu habitación, pero cuando ya conoces cómo se las gastan dichos locos, la alegría es doble. OcultaLit lleva ya un tiempo en los mares de internet dando cabida a poesía, ensayo, artes varias, y todo desde un prisma crítico bastante necesario. Hace apenas un mes apareció su primer número en papel (osados) para que disfrutemos sus disquisiciones en papel y tinta. ¡Bienvenidos!


8. Lucía Rodríguez, Cercanías y distancias apócrifas, Hiperión, 2016. 




A ver, sí, aquí saca la patita mi ego y dice «mi Cercanías fue primero» (saqué un libro en 2016 que se llamó Cercanías, con vías de tren en la cubierta). Pero más allá de esta tontuna, sí que me hizo fijarme en esta vía de escape que es «Cercanías y distancias apócrifas». Sutilmente te va llevando a terrenos extraños, en el cerca-lejos, juegos de manos en los que no sabes hasta dónde llega tu casa, tu cuerpo. 


9. Angélica Liddell, «Pero muerto en tintorería. Los fuertes», CDN, 2007.




Bueno, sí, es teatro y fue publicado hace diez años,pero es que lo he descubierto hace poco y aún sigo recogiendo trozos de mi esquema mental previo por el suelo de mi casa. Una pasada. Una hostia al mundo actual, lean este trocito:

Gracias al tráfico
las clases populares
ya tienen su baño democrático de sangre
en nombre de la libertad.
Es el coste sangriento, ¿entendéis?
Sólo en este país,
3.000 muertos al año.
Es el coste sangriento
de la revolución tecnológica.
Vacación y sangre.
Playa y sangre.
Montaña y sangre.
Un coche te hace más libre.
De manera que la sangre
vuelve a contribuir
a la consolidación de la superioridad
de nuestro magnífico sistema.
Además de todo eso,
los neumáticos,
están compuestos de azufre.
4.000.000 de toneladas en Europa,
sólo en Europa,
expeliendo azufre,
el infierno sube.


 10. María Sotomayor, Nieve antigua, La bella varsovia, 2017




¿Sabes? Hace cinco años bajaba de las montañas hasta Madrid cada martes para ir al bar Diablos Azules. Jam Session lo llamaban, palabreja. Y cada martes bajaba de las montañas, una hora y media de bajada, una hora y media de subida. Tres horas. Ese peregrinaje tenía un motivo, la poesía. Y es gracias a poetas como María (y otros, claro, como Carlos Salem, Toño Benavides o Batania) que la poesía es parte constitucional de mi organismo. Más metida en mis tendones que el 155 en la ídem española. 

Desde entonces sigo la pista de María Sotomayor, una poeta misteriosa que «iba a su bola», con una poesía exacta y misteriosa como una estrella de hielo, mientras yo andaba con mi pararrayos, captando ondas, relámpagos, cigüeñas. María sigue en la búsqueda y  cada año que pasa las pepitas que encuentra son mayores.


viernes, 1 de diciembre de 2017

Habla de fútbol, friki.


La televisión en negro, como siempre salvo en el desayuno, cuando el reloj tiene prisa y no se le puede quitar ojo. Pienso en ese negro, la oscuridad rectangular y profundísima y cómo el tiempo es una parcela dividida en usos horarios, parrilla televisiva.


Hace años ya que no veo la televisión diariamente. Ese orden repetido se perdió en la marejada de la TDT y sus canales imposibles de otros mundos, y quedamos a la deriva de internet y su "hágase usted mismo su tiempo", ¿entiendes?
El abanico limitado de canales unificaba las charlas, los tiempos muertos, joder, ¿Quién crees que ganará, Freezer o Goku?, Kimi y Valle como que son lo mejor, ¿no?


Echo de menos la sujeción televisiva como quien va de primeras en escalada. El vértigo me guía, pero en la altura ando solo. Este camino que hago cada mañana en internet es mío y nadie lo repite y en la libertad (limitada, obvio, no seamos tan naif) no hay manada, estamos solos. 


Y si en internet aparece esta soledad, el páramo de las elecciones únicas, no te digo ya nada con la poesía. La combinación imposible de lecturas, sensaciones, emociones que provoca este género minoritario hace que las conversaciones sobre tal o cual poeta, tal o cual tendencia, tal o cual poema, reboten en las paredes del cráneo y no huyan.


No sé vosotros, pero cuando creces en un pueblo (menos gente, menos posibilidad aritmética de aficiones divergentes), el camino viene marcado. O al menos el visible. Si quieres mantenerte a flote, participar, «ser parte de», debes armarte un armazón de cotidianeidad, véase: fútbol, política, y, quizá, televisión.

Habla de fútbol, friki.